El ruido me despierta. Me destapo y miro hacia un costado. La luz entra por la ventana y llega a acariciar mi rostro; me incandila, refriego mis ojos y los vuelvo a cerrar. El aire recorre mi habitación, juega con las cortinas y le hace cosquillas a mis pies. Me da frío y vuelvo a taparme. No me quiero levantar. Busco excusas tontas para permanecer ahí, sin culpas, sólo un rato más.
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