Me gusta estar acostada en la cama, acostada, sin hacer nada. Son horas sin sueño pero no horas de insomio; no son horas de escacés sino de abundancia.
Y es ahí cuando, sofocada por la realidad, empiezo a soñar. Me sumerjo en otro mundo, uno ficticio, para dejar que al encontrarse mi realidad con mis sueños, la misma se empape de ellos, se hunda, se ahogue, se muera.
No es que la realidad no me importa, para mí ya no existe.
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