Alguna vez entendí que somos como un vaso de agua; nuestro cuerpo es el vaso y nosotros el agua. No importa cuan chico o cuando grande sea el vaso, tampoco si es viejo o nuevo, y mucho menos si es de cristal o de plástico. No es la cantidad de agua lo que importa, sino la calidad. Si el vaso está sucio implica que el agua se va a ensuciar y a nadie le gusta el agua sucia, todos prefieren el agua limpia y fresca; pura.
Solo tenemos que tomar el vaso y limpiarlo. Quitarle todo lo que lo contamina. No importa cuantas grietas nos haya dejado el tiempo, ni cuan lindo sea el dibujo que tenemos tallado; si el agua está limpia, todo el resto no importa.
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